Mi capitán

Tengo un recuerdo que para mí es el epítome de todo lo que significa Carles Puyol. Era una noche de octubre de 2002 y el FC Barcelona pasaba por uno de sus peores momentos históricos. Después de tres temporadas de fracasos deportivos y despropósitos directivos, la cuerda se había estirado demasiado y el club iba de cabeza al abismo de la mano de Joan Gaspart y Louis van Gaal. En un par de meses, el Barça llegaría a ocupar el décimoquinto puesto en la clasificación.

A los doce años, yo estaba hecho todo un forofo, pero más aún un sufridor: toda mi memoria futbolística reciente se componía de disgustos y vergüenzas. Cuando discutíamos con los niños del Madrid, la cosa no había estado tan desequilibrada en muchas generaciones. Cierto es que nos conformábamos con poco: una dolorosa derrota ajena o una chilena antológica pero que apenas nos clasificaba para la Champions habían sido nuestros únicos momentos recientes de patética euforia.

Lo de Puyol fue mucho más insignificante, y sin embargo más significativo. En aquella noche de octubre, fría y cerocerista, el Barça era incapaz de hacerle un gol en casa al triste Lokomotiv de Moscú. Ya estaba avanzada la segunda parte cuando Obiorah encaró la portería blaugrana en un contragolpe y esquivó sin contemplaciones a un Bonano (ay, Bonano) que había salido de la portería como un pollo sin cabeza. En un rápido lance, ya nos veíamos haciendo el ridículo otra vez, clavándonos un poco más el puñal. Quizás por cosas de la edad o por la desesperación acumulada, cada pequeña pifia parecía el fin del mundo.

Y de repente, ahí estaba Puyol, aguantando solo frente a la portería. Recuerdo vivamente cómo me recorrió ese hilillo de incrédula esperanza durante unas décimas de segundo. Obiorah disparó con fuerza y Puyol se lanzó y logró repeler el balón con el pecho. Lo celebré diez veces más apasionadamente que el gol posterior del ‘ínclito’ Frank de Boer, y nunca lo olvidaría. La garra y el buen hacer de Carles ya eran uno de esos pocos consuelos que teníamos, y aquella noche se destacó como un hombre en el que creer, un luchador de la casa en medio de un montón de inútiles indignos. Algo más que un clavo ardiendo.

Pasarían unos pocos años hasta que el Barça recuperara la senda de la victoria. Si me hubieran dicho en aquellas noches aciagas a qué altura histórica llegaría pronto mi equipo, me habría vuelto loco. Cuando llegó la gloria, yo ya no vivía el fútbol con esa pasión, pero las penurias pasadas endulzaban aún más las nuevas satisfacciones, y Puyol, eternamente blaugrana, encarnaba esa redención como nadie. De salvar batallas en medio de una guerra perdida, a liderar al mejor equipo del planeta, quién sabe si de la historia, levantando Copas de Europa con el mundo girando a su alrededor. Un héroe agigantado por su humildad y normalidad. Un icono irrepetible para una generación barcelonista.

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