Dixebra, a la altura de las circunstancias con ‘Tiempos modernos’

(Esti artículu ta disponible tamién n’asturianu)

Dixebra llevan unos años envueltos en una vorágine de aniversarios, homenajes y reconocimientos que de alguna manera han restado repercusión a su nuevo material. Y es una lástima, porque si hay algo inusual y celebrable en los 27 años de carrera de la banda es que nunca han bajado el listón. ‘Tiempos modernos’, su noveno álbum de estudio, mantiene la diversidad y la fusión cómoda de ‘Amor incendiariu’ y combina buenas canciones en estilos familiares con otras más novedosas, de resultado variante. Presenta quizás menos puntos álgidos que su predecesor, pero también un conjunto más homogéneo y un enfoque más centrado, con nuevos matices y con cosas que contar.

En los tiempos que vivimos, ya se hacía necesario oír lo que tenía que decir una formación persistente y certera como pocas en la crítica social y política, cuyas canciones han incluso ganado peso con el paso de los años. ‘Tiempos modernos’ refleja a lo largo de sus quince canciones la indignación, la podredumbre y el desengaño que se respiran en Asturies y en el mundo, con acertadas declaraciones sobre asuntos concretos y al mismo tiempo, cómo no, más de una conjura para reunir fuerzas y esperanzas para continuar en la grieska.

Es notable este noveno disco por el giro que da Dixebra en cuanto a las letras: hasta ahora, siempre habían dependido en gran medida de la colaboración de escritores reconocidos asturianos. En ‘Tiempos modernos’ da un paso al frente Primi Abella, guitarrista y alma creativa del grupo, que firma hasta trece de los quince textos (los otros dos son de Pablo Texón y Quique Faes). El resultado es fantástico: las letras son variadas y ricas en matices, y no desmerecen a las de trabajos anteriores. En cierto modo, esto reafirma la credibilidad de la banda.

En el aspecto sonoro, se notan el nuevo toque que aporta en las guitarras la última incorporación, Rubén Álvarez, miembro también de Crudo, que aquí además ejerce de productor junto a Tana Díaz. El sonido es contundente y limpio; para un profano, está a la altura de los discos con Kaki Arkarazo o Sergio Rodríguez al mando. También hay una mayor diversidad instrumental: acordeón y violín, en las manos de los invitados Javi Tejedor y Lisardo Prieto, pasan a tener casi tanto peso como la gaita.

Pero hablemos ya de canciones, que es lo más importante: aquí hay varias de las mejores que haya compuesto el grupo. Sobre todo al principio, y es que el casi inevitable efecto frontloading (cuando el álbum queda descompensado por estar todas las mejores canciones al principio) se hace más patente en un disco tan largo. ‘Nueva economía’ es una buena apertura porque, además de contener en su letra el título del disco, encarna la razón de ser del mismo. Se trata de un rap metal en la misma onda que muchos otros temas de Dixebra, su plantilla más recurrente, pero encuentra una rabia y vigor renovados al escupir todos los cuentos chinos y las realidades de las políticas de los gobiernos asturianos del PSOE, esa gestión económica nefasta que acabó de reventar con la crisis mundial. Y así se convierte en imprescindible. La canción es tan buena que podrías no darte ni cuenta de que sólo hay bajo, guitarra y batería, toda una rareza para Dixebra. Y de regalo, un sample mítico de Chaplin.

Una sorprendente y hermosa trompeta solista abre ‘Caballu al verde’. Todo un himno para los conciertos, una pieza cargada de emotividad punki con guitarras dinámicas y rugientes y un estribillo pegadizo. Hace justicia a la historia real de un minero que se arrancó a cantar la tonada del mismo título ante el pelotón que lo iba a fusilar en la Guerra Civil. La pega es un interludio de gaita que, con bajada de intensidad y una melodía alegre, no empasta bien con la canción.

Sin embargo, ‘Banqueru’ es una de esas a las que sería imposible cambiar ni una nota. Hay una melodía genial de gaita y acordeón, seguida de otra de vientos, y más tarde ambas se unen, mientras al fondo una guitarra acústica aporta un toque especial. Xune canta una de sus melodías más imprevisibles y entretenidas. De algún modo, sobre un ritmo jamaicano, la canción suena a la vez a folk, a ska y hasta a cumbia, hasta estallar en un estribillo de esos de dar brincos, tan simple como intenso y con un uso inteligente de los coros femeninos. Por si fuera poco, la letra consigue superar el odio a los desalmados peces gordos financieros y ponerlos en un lugar entre lo descarriado y lo patético, una perspectiva original.

‘Antístasi’ es otro rap guitarrero, pero con una intensidad inusitada, pintando acertadamente el paisaje de confusión y desesperación de las revueltas en Atenas de un pueblo griego sometido. Por temática y sonido -y por desgracia, por los sucesos de los que hablamos-, recuerda a la genial ‘Ezeiza’, dedicada al corralito argentino. Colabora el rapero Shalom y la pieza se cierra con un extracto de una canción (‘Roumi, Tequila’) de Killah P, otro rapero que fue asesinado por miembros del partido fascista Amanecer Dorado. Además de servirle de homenaje, el sample en sí es delicioso y resulta ejercer de puente perfecto antes de otra canción cargada de potencia.

‘A golpe de tacón’ quizá podría definirse como ‘hardcore-folk’. Es frenética y mordiente y cuenta con un instrumento principal insospechado: ¿quién sabía que un acordeón podía sonar tan cañero? A través de un homenaje a las mujeres de la fuelgona del 62, el tema aprovecha para criticar a los sindicatos mayoritarios de nuestro tiempo. Tiene la locura para triunfar en los pogos y la riqueza sónica para disfrutarla en casa, y cierra un primer tercio de álbum portentoso y a un nivel espectacular.

El viaje entra en una fase más reposada e innovadora a partir de ‘¿Qué más falta?’, una composición del bajista Javi Rodríguez. Base de puro funk, arranques guitarreros y una estructura inusual, con dos puentes diferentes a cargo de la sección de vientos. Xune se marca unos fraseos con un flow más relajado y vacilón de lo habitual cantando, de forma un poco críptica, a aquellos que siguen sin espabilar cuando nos mean por encima y ya no nos dicen que llueve sino que nos jodamos. La canción suena armoniosa, fresca, y gana con las escuchas.

‘Don Vito’ es reírse por no llorar, una merecida mofa del pufista Vitorino Alonso que vertebra a ritmo de ska tranquilo una melodía infantil, con arreglos cuidados y una interpretación vocal juguetona. Es simpática y graciosa, si bien algo repetitiva, por lo que le sobra duración. Al final, los vientos y la percusión se ponen a tocar algo así como música de banda por un minuto.

Y si ‘¿Qué más falta?’ era lo más funky que haya hecho Dixebra, ‘Motivos pa regresar’ es seguramente lo más ‘folki’. El violín de Lisardo toma el protagonismo junto al banjo de Ángel Ruiz, otro invitado, y la guitarra queda en segundo plano en esta composición preciosista, inspiradora, que da vida a una letra de Quique Faes a base de metáforas relacionando la señardá de los asturianos emigrados con la naturaleza incomparable de su tierra. Retoma un poco, con distintos ingredientes, la atmósfera de grandes canciones como ‘Vientu na cara’ o ‘Cantar de la redención’, aunque se queda tal vez un peldaño por debajo de éstas.

La distorsión vuelve a escena en ‘Cinco cifres’, un tema punk pero en un plan más machacón; entretenido, pero poco esencial. Lo mejor sin duda es el interludio prolongado en el que gaita y vientos se entrecruzan, con tonos entre lo amenazante y lo épico, al mejor estilo dixebriegu. Uno de los grandes momentos instrumentales del disco.

‘El monu con suerte’ será probablemente la composición más divisiva. Presenta un ritmo un poco circense, complementado con el protagonismo de acordeón y vientos, y una interpretación muy contenida. No es sólo otro de los temas inusuales para el grupo, es el que menos suena a Dixebra, y el que peor resiste el paso de las escuchas. La letra es una auténtica ida de olla, un aparente ataque personal pasivo-agresivo que, la verdad, tiene gracia por lo concreto y aleatorio de su objetivo.

Aún queda un tercer tema rap metal, y su letra compite por ser la más inspirada. ‘Química inorgánica’ es otra canción descriptiva que nos transporta a la Avilés de Ensidesa. Musicalmente, tiene un sonido pesado y un riff y estribillo increíblemente hipnóticos. No se convertirá en un clásico, pero es una album track sólida y con razón de ser (y con un impagable sample del NODO). ‘A punta de pistola’ es un poco el caso contrario: ligera, con algún toque rumbero y la voz de Vito Álvarez, no se parece a ninguna canción de Dixebra y sin embargo no tiene nada que la haga memorable en sí misma. La letra, que juega a hacernos creer que habla de un suicidio cuando en realidad es un atraco, está bien la primera vez que la oyes. Las intenciones son buenas pero es un experimento fallido.

En su recta final, el disco recupera el sonido de rock-folk contundente característico de ‘Amor incendiariu’. ‘Plastilina’ puede convertirse en canción de culto. Se trata una pequeña historia desgarradora de otras tierras, que desprende melancolía e invita a la reflexión como hacía, por ejemplo, ‘Nenos de la cai’. Aunque seguramente no sonará en directo, es fácilmente una de los mejores y más meritorias composiciones del disco. Por su parte, ‘Mayu’ es un tema punkrockero, con una magnífica y vertiginosa melodía de gaita y violín, que homenajea con ciertos aires épicos el nacimiento del movimiento 15-M, uniéndolo con el mayo del 68. Quizás habría destacado más con otra posición en el tracklist.

La última pieza, ‘Nel pozu nun hai flores’, es una vuelta de tuerca original y guitarrera a un tema tradicional. Funciona bien como clausura, pero no invita a muchas reproducciones. A la mitad, se transforma en una aventura electrónica no muy necesaria, aunque con una genial aparición de la gaita.

Partiendo de un inesperado paralelismo con el clásico de Chaplin del mismo título, el diseño del álbum ayuda a dar empaque a la obra: el libreto incluye textos que explican y ponen en contexto cada una de las canciones, una iniciativa agradecida y que da valor tanto al formato físico como a las canciones en sí. Los habituales ‘samples’ que suenan entre los temas también están acertados.

Hace ocho años, Dixebra publicaban su disco más gris y pesimista: ‘Ensin novedá’, un título que reflejaba la resignación de una Asturies “en crisis permanente”, que no invitaba a la inspiración. ‘Tiempos modernos’, que comparte con aquel trabajo el diseño monocromo, habla de un país y de un mundo que no han ido sino a peor desde entonces, pero la banda responde esta vez con fuerzas renovadas. Casi todas las canciones tienen su razón de ser, tanto en lo musical como en lo temático, y una proporción notable de ellas muestran a la banda en su mejor nivel. Es un disco largo, irregular, pero necesario y a la altura de las circunstancias. Qué suerte poder seguir contando con Dixebra.

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