El otoño asturiano de Bowie

En realidad, hasta hace tres meses, apenas conocía a David Bowie. En mi reproductor no había más que un par de canciones suyas y nunca me había llamado la atención su figura como para indagar en su trayectoria. Aun así, me apunté sin pensarlo dos veces al ‘Aula de Música Pop-Rock’ que organizó este otoño la Universidad de Oviedo bajo la dirección de Eduardo Viñuela, dedicada de forma monográfica a la figura de Bowie. Mi experiencia en las ediciones anteriores de esta cita bianual y gratuita (que abordaron el punk, el Britpop y la mujer en la música; no estuve en la primera, centrada en Nick Cave) había sido tan buena que confié a ciegas en la habilidad de los ponentes para despertar mi interés. En este sentido, sin desmerecer a ninguno de los participantes, es imposible no destacar una vez más la labor de Igor Paskual.

El caso es que una vez metidos en harina –no pun intended– la barrera de entrada parecía insalvable. La carrera de Bowie ha girado en torno a las apariencias, el márketing y los desórdenes mentales. Aunque las diez sesiones del curso abordaron muy correctamente todos estos asuntos fundamentales, haciéndonos sentir de verdad como si el artista estuviera presente en el aula… a mí no me dicen nada sus alter egos ni sus giras de espectáculo pomposo. Rara vez me resultan atractivas sus extravagancias estéticas. Me irrita oír hablar de su dieta de “cocaína, leche y pimientos”.

Sin embargo, algo tiene este señor y algo se ha hecho bien en este curso, porque una vez asimilados los contenidos de las clases, me entró un ímpetu notable por escuchar los discos de Bowie, uno tras otro, en orden caprichoso. Y probablemente ayudado por todo lo aprendido sobre los aspectos musicales, he empezado a apreciar cada vez más pasajes interesantes y a sumar canciones a mi colección permanente. Debo decir, eso sí, que mis cosas favoritas son quizás las más aisladas en su trayectoria, como el soul de ‘Young Americans’ y ‘Station to Station’ o la ‘música de banda sonora‘ en la cara B de ‘Low’. Pero no me resisto -¿quién podría hacerlo?- a singles redondos como ‘Let’s Dance’ o a esa estremecedora y maravillosa ‘Ashes to Ashes’.

Probablemente me esté convirtiendo en un aficionado a Bowie bastante raro. Parece poco coherente admirar sus canciones y rechazar muchas de esas circunstancias que hay detrás de ellas, que les han dado forma, que en el caso de Bowie cobran especial importancia. Viéndolo por el otro lado, podría opinar que la calidad de la música de Bowie trasciende a ese contexto tan determinante, algo que parece fácil pero no sucede siempre. En cualquier caso, yo sigo disfrutando mientras me sumerjo en esa densa discografía, y a partir de ahora ese pesky Brit será uno más de esos artistas que me hacen esbozar una sonrisa al oírlos sonar en un bar o al leer algo sobre ellos. Como cuando me encontré en una revista de avión un artículo sobre ese mismo curso al que estaba asistiendo. La especial repercusión que, por esos caprichos de la prensa, ha alcanzado esta edición del ‘Aula Pop-Rock’ es más que merecida. Nos veremos en la próxima.

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